Amor de juventud
Tenía 12 años cuando me enamoré por primera vez. En aquellos tiempos gloriosamente dorados, dedicaba las mañanas a cursar el segundo año de secundaria y las tardes a hacer trabajo social en el DIF de mi pueblo. A esa edad, como es natural, mis hormonas despertaron al llamado de unos ojos enormes y bellos que pertenecían a un chico 2 años mayor que ocasionalmente se cruzaba en mi camino.
En realidad no sabía nada de él, excepto que todo mundo le decía "el chino" y que era hermoso... simplemente perfecto. En fin, imaginemos a la Olinka de 12 años, una chica delgada sin llegar a estar en los huesos, inocente, cándida y enamorada.
Todas las tardes salía de la escuela, comía y me daba un baño rápido para llegar a tiempo al DIF, todas las tardes ilusionada, pues por alguna razón desconocida siempre se cruzaba por mi camino, a la misma hora, aquel increíble caballerito que me robaba los suspiros del anochecer.
Yo caminaba con seguridad, pues en aquel tiempo tenía una falsa altanería con la que jamás pretendí otra cosa que no dejar ver lo débil que me volvía su presencia, su mirada y el delicioso e inolvidable rastro del olor que dejaba a su paso el Chino. Aunque la verdad es que la altanería, la mirada al frente y la fingida seguridad me duraban sólo hasta que él estaba suficientemente cerca como para notar que estaba sonrojada de tan sólo verlo caminar de frente a mí a más de un metro de distancia. Entonces yo me apresuraba a agachar la mirada y contener un suspiro que luchaba por liberarse a toda costa y que siempre guardaba hasta que me sentía cobijada por la soledad.
Mi llegada como trabajadora del DIF fue bastante escandalosa y difícil. Una niña de 12 años que pretendía hacer trabajo de adulto, coordinarse y a veces hasta hacerse respetar por un montón de gente cuya edad oscilaba entre los 40 y los 50. Parecía francamente una tarea imposible, pero de alguna manera me las arreglé para que funcionara y hasta conseguí un par de extraños casos en los que la relación laboral se convirtió en una sincera amistad.
Uno de estos casos fue el del señor Luis, un hombre a quien inicialmente odiaba y que finamente se convirtió en mi amigo. Usualmente nos llevábamos bien, pero a veces él me hacía enojar por alguna estupidez y entonces al día siguiente me invitaba un refresco o alguna bobería, me pedía disculpas y todo volvía a la normalidad.
No, no me enamoré de este señor ni jamás lo vi como algo más que un amigo, lo que pasó más bien fue que un día en una conversación casual con una secretaria, me enteré de que este señor era el papá del Chino... Esa era la razón por la cual me encontraba a aquel chico siempre a la misma hora.... ¡vaya cosas tiene la vida!.
Así que la siguiente vez que me enojé con Don Luis, él me pidió disculpas y me dijo: "ándale, dime qué quieres para que me perdones". Yo fui tajante, atrevida, intrépida, estúpida o todas esas cosas juntas, no lo sé, pero respondí: "quiero a su hijo" ja ja ja ja. Aún me sonrojo cuando recuerdo aquello, todavía no me creo que fui capaz de decir algo así... pero funcionó.
Con Don Luis por cupido las cosas resultaron mucho más sencillas de lo que imaginé. Una tarde en un baile el Chino me invitó a bailar y yo pasé las dos horas más felices de mi corta existencia. Bailando entre nubes de algodón de azúcar rosa entre los brazos del chico más perfecto que mis ojos hubieran visto.
Hablamos poco, pues él estaba nervioso y yo apenas era capaz de pensar; pero de aquella conversación borrosa por la neblina del amor, recuerdo haberme reído mucho al enterarme de que cuando nuestros caminos se cruzaban y yo agachaba la mirada pues él me gustaba mucho más de lo que podía decir, él pensaba que yo lo hacía porque me caía mal, de tal suerte que cuando su padre le dijo que me gustaba, lo tomó como una broma de muy mal gusto.
Llegué a mi casa a las 6 de la tarde completamente... no sé que palabra usar. Estaba fuera de mí, flotando, oliendo una y otra vez mis manos sólo porque olían a él, suspirando cada segundo y cerrando los ojos para sentir otra vez la suave caricia de su presencia.
Si existe un amor completamente rosa, incorpóreo y desinteresado... ese fue el amor que compartimos el Chino y yo, y quiero reiterar la palabra "incorpóreo", porque por encima de todo, esa fue la huella dactilar de aquel amor de juventud.