Mi sensualidad
A lo largo de mis escasos 24 casi 25 años de vida, he escucha más de una opinión respecto a mi sensualidad, desde cosas como: "no manches wey, ¿con esa pinche sonrisa de pánico planeabas ligártelo?" o "a tí con esa pinche camiseta rosa de fodonga te van a encontrar muerta", hasta maravillas como: "eres una de esas mujeres tan sensuales, que no necesitas hacer absolutamente nada, tu sensualidad es intrínseca".
En fín, si de mi opinión se trata, creo que no soy precisamente la sensualidad que camina... pero tengo mi punto, creo que mi problema más bien fué siempre mi timidez para acercarme a los chicos. Y para ejemplificar de lo que hablo, les contaré otra de esas ridículas historias de mi vida.
Cuando estaba en los últimos semestres de la universidad, me dió una obsesión por el gimnasio, pasaba hasta 6 horas diarias haciendo ejercicio... y no para verme bien buena, que eso ya lo estoy he he, nah!, no es cierto, no estoy bien buena, ni tampoco lo estuve en aquellos días, pero ese no fué nunca mi objetivo, el ejercicio para mí era más bien mi válvula de seguridad... mantenía mi presión interna controlada, eso era todo.
En fín, pues el asunto es que a ese gimnasio también acudía una familia compuesta por los padres y un hijo más o menos de mi edad, siempre llamaron mucho mi atención, pues si ya es extraño ver a una pareja de más de 50 años en un gimnasio, mucho más lo es que vayan acompañados por su hijo y todo con apariencia de una familia verdaderamente felíz.
Con el tiempo terminé siendo amiga de los señores, pues tomaban conmigo clase de yoga y teníamos oportunidades de hablar, alguna vez la señora me dijo "eres perfecta para mi hijo, te lo voy a presentar"... pero la verdad es que a mí me dió demasiada verguenza y evadí el asunto lo más que pude.
En esos días gloriosos yo tomaba clases de spinning en la mañana y en la noche, y era justo a esa segunda clase a la que acudía tan gentil caballerito. No era precisamente guapo, creo que para mí lo más encantador de él era que siempre fuera tan serio y educado, un chico súper amable... no sé, el tipo me gustaba un montón, ese es el punto.
Así que después de observarlo durante meses y sonreírle de vez en cuando, decidí que era tiempo de "brincarle a la yugular" ja ja ja ja. Dios, ¿puedo ser más ridícula?... la respuesta es sí, indudablemente.
Aquella noche entré al gimnasio armada de valor, lista para el ataque, compré una botella de agua y luego me fuí a la bicicleta que había elegido "casualmente" junto a la suya. Acomodé mi agua en su sitio y me dispuse a ajustar la bicicleta, hasta ahí, todo bien, el problema fué que él me dijo "Hola". Dios, eso fué el principio del fín.... seguí "ajustando" la bicicleta mientras lo miraba como estúpida, y claro, pasó lo que tenía que pasar. Safé de más un tornillo y el volante de la bicicleta cayó a mis piés.
Sí, fué vergonzoso, mucho, pero... él se agachó a recoger el volante y amablemente lo acomodó en su sitio, y luego hasta hizo una broma que ni entendí porque no escuchaba nada, me perdí, lo reconozco. Sentí tanto calor que me limpié la cara en un absurdo intento de secar el sudor inexistente de mi rostro, y justo entonces tuve una de esas "ideas brillantes" que siempre terminan mal.
Decidí que ese era el momento, hablaría con él hasta conseguir su teléfono o una cita como mínimo. Así que inicié una plática de cualquier tontería mientras hacía uso de mi mirada más sexy e irresistible... Hasta que él dijo "perdón por la interrupción pero... te manchaste la cara de grasa de bicicleta".
Sí señores, se me cayó el alma al suelo, pero me repuse, como ya he dicho antes, soy una mujer de convicciones ja ja ja, así que tomé mi toalla, me limpié el rostro con delicadeza y seguí con mi ridículo monólogo, hasta que él dijo "oye, perdón otra vez pero... sigues con la cara manchada".
En ese momento recordé que había un espejo a mis espaldas, y giré la cabeza sólo para descubrir lo ridícula que puedo llegar a ser. No señores, yo no tenía la cara manchada, tenía la cara COMPLETAMENTE batida en grasa negra.
No tuve más remedio que ir al baño, lavarme la cara y aguantar el resto de la clase la enorme verguenza que sentía. Ya me veía yo, con mi mirada sensual y la cara batida en mierda ja ja ja ja... como para que este chico se lo cuente a todos sus amigos y se meen de risa por al menos un mes a mis costillas.
Ni lo duden, después de eso jamás le volví a dirigir ni la mirada al chico en cuestión, ¿con qué cara? (nunca mejor dicho).
En fín, si de mi opinión se trata, creo que no soy precisamente la sensualidad que camina... pero tengo mi punto, creo que mi problema más bien fué siempre mi timidez para acercarme a los chicos. Y para ejemplificar de lo que hablo, les contaré otra de esas ridículas historias de mi vida.
Cuando estaba en los últimos semestres de la universidad, me dió una obsesión por el gimnasio, pasaba hasta 6 horas diarias haciendo ejercicio... y no para verme bien buena, que eso ya lo estoy he he, nah!, no es cierto, no estoy bien buena, ni tampoco lo estuve en aquellos días, pero ese no fué nunca mi objetivo, el ejercicio para mí era más bien mi válvula de seguridad... mantenía mi presión interna controlada, eso era todo.
En fín, pues el asunto es que a ese gimnasio también acudía una familia compuesta por los padres y un hijo más o menos de mi edad, siempre llamaron mucho mi atención, pues si ya es extraño ver a una pareja de más de 50 años en un gimnasio, mucho más lo es que vayan acompañados por su hijo y todo con apariencia de una familia verdaderamente felíz.
Con el tiempo terminé siendo amiga de los señores, pues tomaban conmigo clase de yoga y teníamos oportunidades de hablar, alguna vez la señora me dijo "eres perfecta para mi hijo, te lo voy a presentar"... pero la verdad es que a mí me dió demasiada verguenza y evadí el asunto lo más que pude.
En esos días gloriosos yo tomaba clases de spinning en la mañana y en la noche, y era justo a esa segunda clase a la que acudía tan gentil caballerito. No era precisamente guapo, creo que para mí lo más encantador de él era que siempre fuera tan serio y educado, un chico súper amable... no sé, el tipo me gustaba un montón, ese es el punto.
Así que después de observarlo durante meses y sonreírle de vez en cuando, decidí que era tiempo de "brincarle a la yugular" ja ja ja ja. Dios, ¿puedo ser más ridícula?... la respuesta es sí, indudablemente.
Aquella noche entré al gimnasio armada de valor, lista para el ataque, compré una botella de agua y luego me fuí a la bicicleta que había elegido "casualmente" junto a la suya. Acomodé mi agua en su sitio y me dispuse a ajustar la bicicleta, hasta ahí, todo bien, el problema fué que él me dijo "Hola". Dios, eso fué el principio del fín.... seguí "ajustando" la bicicleta mientras lo miraba como estúpida, y claro, pasó lo que tenía que pasar. Safé de más un tornillo y el volante de la bicicleta cayó a mis piés.
Sí, fué vergonzoso, mucho, pero... él se agachó a recoger el volante y amablemente lo acomodó en su sitio, y luego hasta hizo una broma que ni entendí porque no escuchaba nada, me perdí, lo reconozco. Sentí tanto calor que me limpié la cara en un absurdo intento de secar el sudor inexistente de mi rostro, y justo entonces tuve una de esas "ideas brillantes" que siempre terminan mal.
Decidí que ese era el momento, hablaría con él hasta conseguir su teléfono o una cita como mínimo. Así que inicié una plática de cualquier tontería mientras hacía uso de mi mirada más sexy e irresistible... Hasta que él dijo "perdón por la interrupción pero... te manchaste la cara de grasa de bicicleta".
Sí señores, se me cayó el alma al suelo, pero me repuse, como ya he dicho antes, soy una mujer de convicciones ja ja ja, así que tomé mi toalla, me limpié el rostro con delicadeza y seguí con mi ridículo monólogo, hasta que él dijo "oye, perdón otra vez pero... sigues con la cara manchada".
En ese momento recordé que había un espejo a mis espaldas, y giré la cabeza sólo para descubrir lo ridícula que puedo llegar a ser. No señores, yo no tenía la cara manchada, tenía la cara COMPLETAMENTE batida en grasa negra.
No tuve más remedio que ir al baño, lavarme la cara y aguantar el resto de la clase la enorme verguenza que sentía. Ya me veía yo, con mi mirada sensual y la cara batida en mierda ja ja ja ja... como para que este chico se lo cuente a todos sus amigos y se meen de risa por al menos un mes a mis costillas.
Ni lo duden, después de eso jamás le volví a dirigir ni la mirada al chico en cuestión, ¿con qué cara? (nunca mejor dicho).
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