¿Tú qué sabes de la vida?
Algúna vez has escuchado esa frase de: "¿tú qué sabes de la vida si no has besado a un burro?... Pues de acuerdo a eso, yo sí debería saber de la vida.

Tendría algo así como 4 años (volvamos a imaginar a la niña flaca y paliducha a la que ya estamos acostumbrados), en esos días luminosos, mis padres y yo vivíamos en el campo, y mi vida transcurría al más puro estilo de Heidi, la niña de la pradera ja ja ja.
Por la mañana salía corriendo detrás de mi padre para acompañarlo a ordeñar las vacas y ya de regreso, bajaba el cerro cortando florecitas o unas frutas silvestres a las que les decía "sandiyitas", mientras mi papá me decía una y otra vez "así no se baja un cerro mijita, te vas a caer, de ladito mijita, de ladito", normalmente repetía la misma frase hasta el momento triunfal en el que yo, por no hacer caso, me caía, y entonces gritaba, "Arajo mijita, ¿¡pero porqué eres taaaaan pendeja pues Olinka!?, ¡levántale ándale!". Ja ja ja ya sé que parecerá raro, pero para ese hombre gigante y nudoso que es mi padre, durante muchos años esa fué su única forma de demostrar su amor, y aunque usted no lo crea, yo lo recibía. Sobra decir, que finalmente, aprendí a caminar en los cerros sin caerme.
Llegábamos de la ordeña a almorzar, generalmente atole de lo que fuera, frijoles "apozonquis", salsa y quesito fresco (no recuerdo haber comido algo más delicioso en mi vida). A veces ayudaba a mi mamá a barrer el patio con una escoba hecha de hierbas, otras veces le ayudaba a cuajar la leche para hacer queso, pero la verdad es que no era tan trabajadora y dedicaba la mayor parte de mi tiempo a jugar.
Allá, como a un kilómetro de la casita en la que vivíamos había una presa muy pequeña... y ese era uno de mis lugares favoritos para jugar. Había un montón de verdolagas floreciendo al rederor, y yo las cortaba para jugar con las flores. Por supuesto, ese lugar estaba mucho más que prohibido, pues mi madre tenía temor de que me ahogara ja ja ja.
En fín, en una de esas prohibidas excursiones, me encontré que había un burrito bebé cuyas patas se habían atazcado en el lodo... y estaba ahí, llorando nomás. Yo rápidamente me metí, y como no pude sacarlo, me quedé abrazándolo, dándole palabras de ánimo y dándole muchos besitos para que se calmara ja ja ja.
Claro está, el tiempo pasó, mi madre notó mi ausencia, me gritó, me buscó, y ya al borde del pánico decidió ir a buscar mi cuerpo ahogado en la presa. Cuál sería su sorpresa al encontrarme metida hasta las rodillas en el lodo, dándole besitos a un burro, y llorando porque se estaba muriendo y yo no podía salvarlo....
De esta historia, el burro salió felíz, pues mi padre lo rescató, y yo salí regañadísima, pues por la prisa de salvar al burrito, no me quité los zapatos y claro, quedaron sepultados por siempre en el lodo. Así que mientras el burrito regresó a su dueño y vivió la vida, yo me quedé con unos zapatos viejos a los que mi padre les cortó las puntas porque ya no me quedaban, y anduve arrastrando los dedos de los piés por algún tiempo.
MORALEJA:

Tendría algo así como 4 años (volvamos a imaginar a la niña flaca y paliducha a la que ya estamos acostumbrados), en esos días luminosos, mis padres y yo vivíamos en el campo, y mi vida transcurría al más puro estilo de Heidi, la niña de la pradera ja ja ja.
Por la mañana salía corriendo detrás de mi padre para acompañarlo a ordeñar las vacas y ya de regreso, bajaba el cerro cortando florecitas o unas frutas silvestres a las que les decía "sandiyitas", mientras mi papá me decía una y otra vez "así no se baja un cerro mijita, te vas a caer, de ladito mijita, de ladito", normalmente repetía la misma frase hasta el momento triunfal en el que yo, por no hacer caso, me caía, y entonces gritaba, "Arajo mijita, ¿¡pero porqué eres taaaaan pendeja pues Olinka!?, ¡levántale ándale!". Ja ja ja ya sé que parecerá raro, pero para ese hombre gigante y nudoso que es mi padre, durante muchos años esa fué su única forma de demostrar su amor, y aunque usted no lo crea, yo lo recibía. Sobra decir, que finalmente, aprendí a caminar en los cerros sin caerme.
Llegábamos de la ordeña a almorzar, generalmente atole de lo que fuera, frijoles "apozonquis", salsa y quesito fresco (no recuerdo haber comido algo más delicioso en mi vida). A veces ayudaba a mi mamá a barrer el patio con una escoba hecha de hierbas, otras veces le ayudaba a cuajar la leche para hacer queso, pero la verdad es que no era tan trabajadora y dedicaba la mayor parte de mi tiempo a jugar.
Allá, como a un kilómetro de la casita en la que vivíamos había una presa muy pequeña... y ese era uno de mis lugares favoritos para jugar. Había un montón de verdolagas floreciendo al rederor, y yo las cortaba para jugar con las flores. Por supuesto, ese lugar estaba mucho más que prohibido, pues mi madre tenía temor de que me ahogara ja ja ja.
En fín, en una de esas prohibidas excursiones, me encontré que había un burrito bebé cuyas patas se habían atazcado en el lodo... y estaba ahí, llorando nomás. Yo rápidamente me metí, y como no pude sacarlo, me quedé abrazándolo, dándole palabras de ánimo y dándole muchos besitos para que se calmara ja ja ja.
Claro está, el tiempo pasó, mi madre notó mi ausencia, me gritó, me buscó, y ya al borde del pánico decidió ir a buscar mi cuerpo ahogado en la presa. Cuál sería su sorpresa al encontrarme metida hasta las rodillas en el lodo, dándole besitos a un burro, y llorando porque se estaba muriendo y yo no podía salvarlo....
De esta historia, el burro salió felíz, pues mi padre lo rescató, y yo salí regañadísima, pues por la prisa de salvar al burrito, no me quité los zapatos y claro, quedaron sepultados por siempre en el lodo. Así que mientras el burrito regresó a su dueño y vivió la vida, yo me quedé con unos zapatos viejos a los que mi padre les cortó las puntas porque ya no me quedaban, y anduve arrastrando los dedos de los piés por algún tiempo.
MORALEJA:
- Si ves a un burrito en apuros, ayúdalo, pero asegúrate de resguardar antes tu único par de zapatos.
- Contrario a lo que la gente cuenta, besar a un burro no te hace más sabio.
- Y lo más importante, cuando bajes un cerro... hazlo "de ladito"
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