Sonreír y suspirar...
No me pregunten hace cuánto ocurrió todo porque francamente no quiero ni pensarlo. Primero porque fué hace demasiado y eso siempre duele, y segundo porque hago todo cuanto puedo por evitar sentirme cada día más viejo. El asunto es que sí, algún día yo también fui un adolescente imberbe, y como todos los de ese tipo, me enamoré de una hermosa y perfecta mujer que fué creada explícitamente para mí.... y lo arruiné.
Ella fué esa chica (que a todos nos llega) que en pocas palabras "cazan al cazador". Sí, ese era yo, me sentía galán, inteligente, me sentía... ¿cómo decirlo?, casi perfecto. Tenía muchos "lujos" que a esa edad no cualquiera se puede dar, yo no era de los que pasaban de cama en cama, no, yo era de los que arrastraban a su cama a una chica distinta cada vez.
Así que cuando la ví; tierna, con cara de susto, perdida en el univerzo, y con esa expresión de niña desprotegida que la hacía parecer la más hermosa de las mujeres, pensé que sería cosa muy fácil. No lo entendí entonces y quizá muera sin entenderlo, pero esa chica pálida y asustadiza me parecía por mucho más sensual que cualquier otra mujer a la que hubiera conocido jamás.
Entonces me acerqué con mis artimañanas de viejo cazador. Le hablé al viento y (como yo sabía que pasaría), respondió ella, presta, felíz... encantadora.
Aún no comprendo cómo tan sólo dos días después ella había tenido la inoscencia suficiente para confesarme a mí que aún era virgen, sí... eso incrementó mi interés, no puedo negarlo. Pero mucho menos entiendo, como fuí capaz de decirle de inmediato:
- Entonces no salgas conmigo, porque terminaré por hacerte el amor.
Ella se rió con despilfarro, con despreocupación absoluta
- ¿No me digas?- respondió, mirándome con unos ojos nuevos para mí, mirándome con los ojos de una mujer que sabe lo que quiere y que no se deja amedrentar por nada.
Hoy ya de aquello no queda nada. La destruí... me destruyó, nos destruimos juntos de una forma tan atroz que estoy seguro (a ella como a mí) aún nos cuesta respirar. Lo cierto es que cuanto más viejo eres, más apego tienes a ciertas cosas, entre ellas, al pasado. Y hoy, a mis 60 y tantos años, aún recuerdo a aquella chica como la mujer que se creó explícitamente para mí, como la niña tímida y tremendamente sensual que fué... y entonces sonrío, siempre sonrío y después suspiro.
Así es la vida, así debe vivirse la vida, sonriendo primero y suspirando después. De manera que deseo desde lo más profundo de mis entrañas que antes de morir, lo último que haga, sea suspirar, simplemente porque es la manera más digna que se me ocurre de morir.
Ella fué esa chica (que a todos nos llega) que en pocas palabras "cazan al cazador". Sí, ese era yo, me sentía galán, inteligente, me sentía... ¿cómo decirlo?, casi perfecto. Tenía muchos "lujos" que a esa edad no cualquiera se puede dar, yo no era de los que pasaban de cama en cama, no, yo era de los que arrastraban a su cama a una chica distinta cada vez.
Así que cuando la ví; tierna, con cara de susto, perdida en el univerzo, y con esa expresión de niña desprotegida que la hacía parecer la más hermosa de las mujeres, pensé que sería cosa muy fácil. No lo entendí entonces y quizá muera sin entenderlo, pero esa chica pálida y asustadiza me parecía por mucho más sensual que cualquier otra mujer a la que hubiera conocido jamás.
Entonces me acerqué con mis artimañanas de viejo cazador. Le hablé al viento y (como yo sabía que pasaría), respondió ella, presta, felíz... encantadora.
Aún no comprendo cómo tan sólo dos días después ella había tenido la inoscencia suficiente para confesarme a mí que aún era virgen, sí... eso incrementó mi interés, no puedo negarlo. Pero mucho menos entiendo, como fuí capaz de decirle de inmediato:
- Entonces no salgas conmigo, porque terminaré por hacerte el amor.
Ella se rió con despilfarro, con despreocupación absoluta
- ¿No me digas?- respondió, mirándome con unos ojos nuevos para mí, mirándome con los ojos de una mujer que sabe lo que quiere y que no se deja amedrentar por nada.
Hoy ya de aquello no queda nada. La destruí... me destruyó, nos destruimos juntos de una forma tan atroz que estoy seguro (a ella como a mí) aún nos cuesta respirar. Lo cierto es que cuanto más viejo eres, más apego tienes a ciertas cosas, entre ellas, al pasado. Y hoy, a mis 60 y tantos años, aún recuerdo a aquella chica como la mujer que se creó explícitamente para mí, como la niña tímida y tremendamente sensual que fué... y entonces sonrío, siempre sonrío y después suspiro.
Así es la vida, así debe vivirse la vida, sonriendo primero y suspirando después. De manera que deseo desde lo más profundo de mis entrañas que antes de morir, lo último que haga, sea suspirar, simplemente porque es la manera más digna que se me ocurre de morir.
Publicidad