Burocracia hasta la muerte
Domingo por la noche, Mauricio abre su departamento, entra, enciende la luz y cierra la puerta tras él con un golpe seco. Cuando el viernes se enteró de que una vez más habían ascendido a otro de los patéticos e imbéciles de sus compañeros por haber conseguido que el último proyecto de la empresa fuera todo un éxito, cuando pasó media hora de pié escuchando a ese estúpido regodearse de los logros de Mauricio como si fueran suyos, y finalmente, cuando el tipejo sin nombre se burló en su cara "agradeciéndole" toda su "ayuda", él fue capaz de mantener la calma.
Mantuvo la calma también durante el sábado, cuando su pareja le dijo que no podría verlo aquel día pues estaba un poco descontrolado con los tiempos. Eso lo dejaba sin un interlocutor para descargar su frustración, así que dedicó el día a limpiar un poco su departamento, mientras se repetía una y otra vez que al final nada importaba, que tenía lo más importante, que un ser humano puede vivir sin comida, sin trabajo y sin techo, pero nunca sin amor, así que él era afortunado, pues tenía lo más importante de todo. Ya el domingo por la mañana tendría tiempo suficiente para hundir su cabeza en aquel regazo.
Pero las cosas no fueron exactamente como él lo planeaba, ese domingo por la noche, Mauricio regresó a casa sin aquella única cosa importante e indispensable en la vida... regresó sin amor. Otra relación fallida era demasiado, ya no dolía, había pasado ya demasiadas veces por el dolor intenso en el pecho que te hace descubrir porqué la gente ha posicionado el amor en el corazón, así que ya no dolía... en realidad, ya no importaba.
Preparó todo con minuciosa tranquilidad, esta vez ya no había mucho en qué pensar, era un experto en el tema. La primera vez que había intentado suicidarse fué a los 7 años, después de eso muchas veces más, así que ya sabía que el ahorcamiento, cortarse las venas, colocar ligas en las articulaciones, dispararse en la cabeza y algunos otros métodos estaban descartados, era demasiado cobarde para todos ellos y siempre terminaba por arrepentirse en el último momento víctima de su miedo al dolor. Esta vez sería mucho más sencillo.
Escribió una extensa carta en la que se despedía de sus pocos (y lejanos) amigos, de su último amor fallido y de todos los otros amores de su vida. Explicó también con vehemencia que no quería velorio, ni entierro, ni llantos, ni nada; al crematorio y luego a la mierda, que ya muerto da lo mismo. Y por último, dejó un mensaje en clave para la única persona digna de su confianza, detallando dónde y cómo se encontraba su testamento.
Se dio un baño con agua muy caliente y se permitió el lujo de tardar más de media hora en la regadera, ya no sentía remordimiento por gastar el agua, era la última vez que lo hacía y era sólo porque siempre pensó que era de muy mal gusto morirse con mugre de la calle encima.
Una vez limpio, rasurado y vestido con su ropa favorita, se sentó a la orilla de su cama y comenzó a tragar una tras otra todas las pastillas que había en aquel frasco...
Despertó en el lugar más extraño que se pueda imaginar, luchó con todas sus fuerzas por abrir los ojos completamente, y cuando finalmente lo consiguió, luchó de nuevo por poder enfocar aquél rostro extraño del hombre que estaba frente a él.
- Eh... eh... ¿ya estoy muerto?... -preguntó
- Ja ja ja ¡claro que no!, ¿quién te dijo a tí que podías decidir la fecha de tu muerte?- respondió aquél hombre con una evidente expresión divertida en el rostro.
- ¿¡Qué¡?, ¿cómo que no puedo decidir la fecha de mi muerte?, ¡claro que puedo!
- ¡Vaya! todos son iguales y a veces hasta un poco peor - murmuró para sí aquél hombre- no chico, nadie puede decidir la fecha de su muerte, somos algo así como un producto farmacéutico, cuando nacemos venimos con una "fecha de elaboración", un "número de lote" y una "fecha de caducidad".
- ¡Pues qué mierda!, con la puta burocracia hasta la muerte, alguien debió avisarme esto antes, así no habría desperdiciado la mitad de mi vida pensando en una forma de morirme. ¡Esto es un atropello a los derechos humanos! -Dijo Mauricio en el colmo de la indignación-
- "Alguien debió avisarme esto antes" -repitió el extraño con la voz cargada de ironía- ¿Quién te crees que eres para tener derecho a que se te avise el momento de tu muerte?, ¿acaso crees que eres el mesías? ja ja ja lo dicho, cada vez son peores.
Mauricio se quedó en silencio, no tuvo más remedio que agachar la mirada. Esto sería exactamente igual que intentar discutir con una secretaria del Seguro Social, este hombre extraño con el cual hablaba parecía al menos ser igual de sarcástico. Estaba claro, no había nada que se pudiera solucionar, así que decidió volver a cerrar los ojos... con un poco de buena suerte (de esa que lo abandonó cuando rompió un espejo a los 7 años), esto era sólo otro sueño absurdo por contar...
Mantuvo la calma también durante el sábado, cuando su pareja le dijo que no podría verlo aquel día pues estaba un poco descontrolado con los tiempos. Eso lo dejaba sin un interlocutor para descargar su frustración, así que dedicó el día a limpiar un poco su departamento, mientras se repetía una y otra vez que al final nada importaba, que tenía lo más importante, que un ser humano puede vivir sin comida, sin trabajo y sin techo, pero nunca sin amor, así que él era afortunado, pues tenía lo más importante de todo. Ya el domingo por la mañana tendría tiempo suficiente para hundir su cabeza en aquel regazo.
Pero las cosas no fueron exactamente como él lo planeaba, ese domingo por la noche, Mauricio regresó a casa sin aquella única cosa importante e indispensable en la vida... regresó sin amor. Otra relación fallida era demasiado, ya no dolía, había pasado ya demasiadas veces por el dolor intenso en el pecho que te hace descubrir porqué la gente ha posicionado el amor en el corazón, así que ya no dolía... en realidad, ya no importaba.
Preparó todo con minuciosa tranquilidad, esta vez ya no había mucho en qué pensar, era un experto en el tema. La primera vez que había intentado suicidarse fué a los 7 años, después de eso muchas veces más, así que ya sabía que el ahorcamiento, cortarse las venas, colocar ligas en las articulaciones, dispararse en la cabeza y algunos otros métodos estaban descartados, era demasiado cobarde para todos ellos y siempre terminaba por arrepentirse en el último momento víctima de su miedo al dolor. Esta vez sería mucho más sencillo.
Escribió una extensa carta en la que se despedía de sus pocos (y lejanos) amigos, de su último amor fallido y de todos los otros amores de su vida. Explicó también con vehemencia que no quería velorio, ni entierro, ni llantos, ni nada; al crematorio y luego a la mierda, que ya muerto da lo mismo. Y por último, dejó un mensaje en clave para la única persona digna de su confianza, detallando dónde y cómo se encontraba su testamento.
Se dio un baño con agua muy caliente y se permitió el lujo de tardar más de media hora en la regadera, ya no sentía remordimiento por gastar el agua, era la última vez que lo hacía y era sólo porque siempre pensó que era de muy mal gusto morirse con mugre de la calle encima.
Una vez limpio, rasurado y vestido con su ropa favorita, se sentó a la orilla de su cama y comenzó a tragar una tras otra todas las pastillas que había en aquel frasco...
Despertó en el lugar más extraño que se pueda imaginar, luchó con todas sus fuerzas por abrir los ojos completamente, y cuando finalmente lo consiguió, luchó de nuevo por poder enfocar aquél rostro extraño del hombre que estaba frente a él.
- Eh... eh... ¿ya estoy muerto?... -preguntó
- Ja ja ja ¡claro que no!, ¿quién te dijo a tí que podías decidir la fecha de tu muerte?- respondió aquél hombre con una evidente expresión divertida en el rostro.
- ¿¡Qué¡?, ¿cómo que no puedo decidir la fecha de mi muerte?, ¡claro que puedo!
- ¡Vaya! todos son iguales y a veces hasta un poco peor - murmuró para sí aquél hombre- no chico, nadie puede decidir la fecha de su muerte, somos algo así como un producto farmacéutico, cuando nacemos venimos con una "fecha de elaboración", un "número de lote" y una "fecha de caducidad".
- ¡Pues qué mierda!, con la puta burocracia hasta la muerte, alguien debió avisarme esto antes, así no habría desperdiciado la mitad de mi vida pensando en una forma de morirme. ¡Esto es un atropello a los derechos humanos! -Dijo Mauricio en el colmo de la indignación-
- "Alguien debió avisarme esto antes" -repitió el extraño con la voz cargada de ironía- ¿Quién te crees que eres para tener derecho a que se te avise el momento de tu muerte?, ¿acaso crees que eres el mesías? ja ja ja lo dicho, cada vez son peores.
Mauricio se quedó en silencio, no tuvo más remedio que agachar la mirada. Esto sería exactamente igual que intentar discutir con una secretaria del Seguro Social, este hombre extraño con el cual hablaba parecía al menos ser igual de sarcástico. Estaba claro, no había nada que se pudiera solucionar, así que decidió volver a cerrar los ojos... con un poco de buena suerte (de esa que lo abandonó cuando rompió un espejo a los 7 años), esto era sólo otro sueño absurdo por contar...
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