Mi bocota
Aquí estoy de nuevo, parece que han pasado ya muchos días desde la última vez que escribí, no lo sé con certeza, pues cuando la rutina diaria se rompe, suelo perder la noción del tiempo. En cualquier caso, si es que los dejé abandonados mucho tiempo, les pido disculpas.
Ayer fué un día bastante más que intenso, pues resulta ser que fuimos con mis suegros al tianguis de "La San Felipe", elegimos este porque para quienes no lo conozcan es toda una aventura ir, y para quienes ya lo conocen es un lugar seguro para encontrar absolutamente lo que sea; desde un par de calcetines (piratas o de marca), hasta una gallina, un guajolote o un motor de tren... sí señores, un motor de tren.
En fín, ya se imaginarán el tamaño que tiene este lugar que en palabras de mi esposo "ir a la San Fe es como ir a Disneylandia, en un día no terminas de ver todo". Así que claro, salimos temprano de casa y no regresamos hasta tarde.
Bueno, pues el punto es que lo que pudo haber sido un día de felices compras y sano esparcimiento, terminó siendo una tortura laaaaarga y tediosa para todos. Por un lado estaba mi suegra ofreciéndole de todo a su hijo, que si ropa, herramientas, lo que fuera. Mi esposo respondiendo siempre enojado y de mala gana que no quería nada, y mi suegro y yo, sumamente incómodos por aquellas escenas.
Eso llegó a un punto tal, en el que mi suegra a mitad de tianguis me abrazó, se puso a llorar y me dijo "¿porqué tiran a la basura todos mis intentos por ayudarlos?".... no tengo que decirles que me sentí la cosa más miserable que haya pisado la faz de la tierra, pero justo cuando estaba a punto de responderle y darle un poco de ánimos, mi esposo llegó, me tomó del brazo y me dijo "camínale, ¿qué es eso de llorar y abrazarse a media calle?". No pude responder nada, pero a la menor oportunidad, regresaba para darle ánimos a mi suegra.
Así se nos pasó un día largo, y cuando finalmente llegamos a casa, mi suegra se metió a su cuarto a llorar sus penas y mi esposo y yo nos fuimos a hacer la despensa.
Para cuando volvimos mis suegros estaban en la sala viendo la televisión, mi esposo corrió a encerrarse en el cuarto de las computadoras y yo me quedé viendo la tele y platicando con mis suegros; pues si bien es cierto que mi suegra no ha sido precisamente agradable y amena conmigo, pues me dió pena que ellos vienen del otro lado del país para vernos, y dejarlos solos se me hace muy grosero.
En fín, pues comenzamos a hablar, y la conversación poco a poco fué pasando de trivialidades a temas delicados, y yo, en un extraño arranque de "me sobran huevos", hablé con mi suegra con una honestidad que dá miedo. Mi suegro, en cuanto notó que aquella conversación daba para mucho, se escabulló a una distancia que le permitía estar fuera de la conversación, pero escuchar todo cuanto se decía ahí.
¿De qué hablamos?... de todas las cosas delicadas de esta extraña familia que ahora confomo con ellos; intenté explicarle que mi esposo no tira a la basura los ofrecimientos de ella, que es un asunto mucho más complejo de lo que parece, que en realidad él no la odia, es más bien que su relación con ella es un asunto de dolor. Eso hizo que ella sacara a colación el hecho de que mi esposo ha dejado de ir a la iglesia cristiana y que me insistiera en que debo impulsarlo a "acercarse a Dios", y finalmente terminó por decirme que yo tengo que ser cristiana porque si no mi matrimonio está condenado al fracazo y mis hijos van a sufrir mucho y la vida de todos será miserable... ah! y que no debo intentar influenciar a mi esposo para ser católico.
Creo que fué un error de su parte decirme eso, precisamente ayer, que tenía los huevos tan en alto, pues mi respuesta fué tajante: "Señora, yo nunca he nisiquiera pretendido que mi esposo sea católico, desde que yo comencé mi relación con él y con ustedes, siempre he mostrado un profundo respeto por su forma de relacionarse con Dios, y lo único que yo pido a cambio, es exactamente el mismo respeto, ni más ni menos". Y por si eso fuera poco, le dije también "yo no creo que si no soy cristiana eso implique el fracaso de mi matrimonio".
Y pues como ya había abierto la bocota, me solté y le dije de frente y claro, que los problemas que su hijo tiene con ella, no se deben a que él esté alejado de Dios o no, ni se deben a que él sea un loco, que todas las relaciones son de dos y si hay un conflicto, seguramente ella tiene su parte de culpa, que se atreviera a ser honesta consigo misma, hacer una reflexión profunda y honesta y encontrar por sí misma los errores que hubiera cometido en cuanto a su hijo se refiere, y una vez hecho eso, pedirle un perdón honesto a su hijo.
Para culminar todo aquello agregué: "la voy a regañar como regañé a su hijo en la tarde señora, vienen desde muy lejos y existen muy pocas oportunidades de pasar tiempo en familia y entre ustedes dos están arruinando la oportunidad. Entre mi esposo haciendo getas por todo y usted llorando frustrada porque las cosas no son exactamente como quiere, están jodiéndolo todo. Si no se puede algo, disfrutemos lo que sí se puede... no sabemos cuándo habrá otra oportunidad de pasar tiempo juntos".
Fué un conversación muy larga e intensa, y tampoco puedo escribir aquí todo cuanto hablamos, pero quiero decirles que al final de aquello, quedé francamente sorprendida de mi capacidad para crear cercanía con la gente, pues incluso mi suegra, que jamás escucha a nadie en nada y es capaz de hacerte una pregunta e interrumpirte a media respuesta con otro asunto que no tiene relación alguna, permaneció más de media hora callada escuchándome... a mí!, yo, que soy una escuincla nalgas meadas, sin hijos y sin ni la mitad de experiencia que ella tiene de la vida... aún no me lo puedo creer.
Por su parte mi esposo se limitó a decir que admira mucho el valor que tuve para hablarle así a su mamá, pues duda profundamente que alguien más le haya hablado así en toda su vida. Es cierto, esa señora impone tanto, que cuesta trabajo no tartamudear en su presencia, y sin embargo ayer hablé con una claridad sorprendente.
En fín, creo que todos moriremos aprendiendo algo, creo que podemos aprender siempre algo de alguien, hasta de aquél que parece que no ha vivido ni la mitad que tú, pero sobre todo, creo que hay dos puntos importantes a resaltar de todo este show y este rollo larguísimo que les hice leer (a quienes llegaron hasta este punto).
Primero: que un padre de pida perdón a un hijo es algo bastante más que sano y necesario a veces. Son padres, pero no son perfectos, al final, todos somos humanos y cometemos estupideces, aunque sea con la mejor intención.
Segundo: si existe un lugar en el mundo en el cual un humano debiera sentirse seguro, protegido, amado, respetado y felíz... ese lugar debe ser el hogar, la familia.
Ya los dejo descansar, porque creo que después de tanto tiempo sin escribir esta vez hablé de más he he he
Ayer fué un día bastante más que intenso, pues resulta ser que fuimos con mis suegros al tianguis de "La San Felipe", elegimos este porque para quienes no lo conozcan es toda una aventura ir, y para quienes ya lo conocen es un lugar seguro para encontrar absolutamente lo que sea; desde un par de calcetines (piratas o de marca), hasta una gallina, un guajolote o un motor de tren... sí señores, un motor de tren.
En fín, ya se imaginarán el tamaño que tiene este lugar que en palabras de mi esposo "ir a la San Fe es como ir a Disneylandia, en un día no terminas de ver todo". Así que claro, salimos temprano de casa y no regresamos hasta tarde.
Bueno, pues el punto es que lo que pudo haber sido un día de felices compras y sano esparcimiento, terminó siendo una tortura laaaaarga y tediosa para todos. Por un lado estaba mi suegra ofreciéndole de todo a su hijo, que si ropa, herramientas, lo que fuera. Mi esposo respondiendo siempre enojado y de mala gana que no quería nada, y mi suegro y yo, sumamente incómodos por aquellas escenas.
Eso llegó a un punto tal, en el que mi suegra a mitad de tianguis me abrazó, se puso a llorar y me dijo "¿porqué tiran a la basura todos mis intentos por ayudarlos?".... no tengo que decirles que me sentí la cosa más miserable que haya pisado la faz de la tierra, pero justo cuando estaba a punto de responderle y darle un poco de ánimos, mi esposo llegó, me tomó del brazo y me dijo "camínale, ¿qué es eso de llorar y abrazarse a media calle?". No pude responder nada, pero a la menor oportunidad, regresaba para darle ánimos a mi suegra.
Así se nos pasó un día largo, y cuando finalmente llegamos a casa, mi suegra se metió a su cuarto a llorar sus penas y mi esposo y yo nos fuimos a hacer la despensa.
Para cuando volvimos mis suegros estaban en la sala viendo la televisión, mi esposo corrió a encerrarse en el cuarto de las computadoras y yo me quedé viendo la tele y platicando con mis suegros; pues si bien es cierto que mi suegra no ha sido precisamente agradable y amena conmigo, pues me dió pena que ellos vienen del otro lado del país para vernos, y dejarlos solos se me hace muy grosero.
En fín, pues comenzamos a hablar, y la conversación poco a poco fué pasando de trivialidades a temas delicados, y yo, en un extraño arranque de "me sobran huevos", hablé con mi suegra con una honestidad que dá miedo. Mi suegro, en cuanto notó que aquella conversación daba para mucho, se escabulló a una distancia que le permitía estar fuera de la conversación, pero escuchar todo cuanto se decía ahí.
¿De qué hablamos?... de todas las cosas delicadas de esta extraña familia que ahora confomo con ellos; intenté explicarle que mi esposo no tira a la basura los ofrecimientos de ella, que es un asunto mucho más complejo de lo que parece, que en realidad él no la odia, es más bien que su relación con ella es un asunto de dolor. Eso hizo que ella sacara a colación el hecho de que mi esposo ha dejado de ir a la iglesia cristiana y que me insistiera en que debo impulsarlo a "acercarse a Dios", y finalmente terminó por decirme que yo tengo que ser cristiana porque si no mi matrimonio está condenado al fracazo y mis hijos van a sufrir mucho y la vida de todos será miserable... ah! y que no debo intentar influenciar a mi esposo para ser católico.
Creo que fué un error de su parte decirme eso, precisamente ayer, que tenía los huevos tan en alto, pues mi respuesta fué tajante: "Señora, yo nunca he nisiquiera pretendido que mi esposo sea católico, desde que yo comencé mi relación con él y con ustedes, siempre he mostrado un profundo respeto por su forma de relacionarse con Dios, y lo único que yo pido a cambio, es exactamente el mismo respeto, ni más ni menos". Y por si eso fuera poco, le dije también "yo no creo que si no soy cristiana eso implique el fracaso de mi matrimonio".
Y pues como ya había abierto la bocota, me solté y le dije de frente y claro, que los problemas que su hijo tiene con ella, no se deben a que él esté alejado de Dios o no, ni se deben a que él sea un loco, que todas las relaciones son de dos y si hay un conflicto, seguramente ella tiene su parte de culpa, que se atreviera a ser honesta consigo misma, hacer una reflexión profunda y honesta y encontrar por sí misma los errores que hubiera cometido en cuanto a su hijo se refiere, y una vez hecho eso, pedirle un perdón honesto a su hijo.
Para culminar todo aquello agregué: "la voy a regañar como regañé a su hijo en la tarde señora, vienen desde muy lejos y existen muy pocas oportunidades de pasar tiempo en familia y entre ustedes dos están arruinando la oportunidad. Entre mi esposo haciendo getas por todo y usted llorando frustrada porque las cosas no son exactamente como quiere, están jodiéndolo todo. Si no se puede algo, disfrutemos lo que sí se puede... no sabemos cuándo habrá otra oportunidad de pasar tiempo juntos".
Fué un conversación muy larga e intensa, y tampoco puedo escribir aquí todo cuanto hablamos, pero quiero decirles que al final de aquello, quedé francamente sorprendida de mi capacidad para crear cercanía con la gente, pues incluso mi suegra, que jamás escucha a nadie en nada y es capaz de hacerte una pregunta e interrumpirte a media respuesta con otro asunto que no tiene relación alguna, permaneció más de media hora callada escuchándome... a mí!, yo, que soy una escuincla nalgas meadas, sin hijos y sin ni la mitad de experiencia que ella tiene de la vida... aún no me lo puedo creer.
Por su parte mi esposo se limitó a decir que admira mucho el valor que tuve para hablarle así a su mamá, pues duda profundamente que alguien más le haya hablado así en toda su vida. Es cierto, esa señora impone tanto, que cuesta trabajo no tartamudear en su presencia, y sin embargo ayer hablé con una claridad sorprendente.
En fín, creo que todos moriremos aprendiendo algo, creo que podemos aprender siempre algo de alguien, hasta de aquél que parece que no ha vivido ni la mitad que tú, pero sobre todo, creo que hay dos puntos importantes a resaltar de todo este show y este rollo larguísimo que les hice leer (a quienes llegaron hasta este punto).
Primero: que un padre de pida perdón a un hijo es algo bastante más que sano y necesario a veces. Son padres, pero no son perfectos, al final, todos somos humanos y cometemos estupideces, aunque sea con la mejor intención.
Segundo: si existe un lugar en el mundo en el cual un humano debiera sentirse seguro, protegido, amado, respetado y felíz... ese lugar debe ser el hogar, la familia.
Ya los dejo descansar, porque creo que después de tanto tiempo sin escribir esta vez hablé de más he he he
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